martes, 11 de octubre de 2011

Andrés Mazzali, y una rubia debilidad

Andrés Mazzali fue uno de esos hombres que parecen elegidos por la vida para destacarse en todo aquello que se proponen. Un guardameta uruguayo que tuvo la posibilidad de cautivar tanto a los futboleros de su país, como a las críticas, sus propios compañeros y también a las mujeres, aunque no siempre se salió totalmente con la suya.

Lo real es que este futbolista, nacido el 22 de julio de 1902 en Montevideo, había demostrado tener una impresionantes dotes para ser delantero en su juventud en Nacional, pero no pudo llegar a disputar demasiados encuentros profesionales en esa posición, porque se hacía muy difícil conseguir el calzado de su número, por lo tanto atajaba con zapatillas comunes y corrientes, e incluso zapatos, merced de sus grandes cualidades técnicas.

Su debut en Primera División, como una premonición de su futura exitosa carrera, sería ante el acérrimo rival Peñarol, en cancha de los “carboneros”, y con una contundente victoria por 2 a 0 como visitantes, en el antiguo Parque de los Aliados.

Incluso, lo más saliente en la vida de Mazzali, es que se trataba de un atleta realmente completo, que fuera figura en las obtenciones de las medallas de oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 en París y Ámsterdam respectivamente. Al mismo tiempo, jugaba como basquetbolista profesional en el club Olimpia de Montevideo, habiendo obtenido un campeonato nacional en 1923, y tres años antes se había consagrado campeón atlético sudamericano, en carrera de 400 metros, siendo segundo en 200.

En muchas de las ocasiones durante las que en ese tiempo le tocó representar a su país, Mazzali había diseñado un buzo con un dibujo que representaba una especie de alas rojas, y realmente quienes tuvieron la oportunidad de verle en acción, destacan que sus movimientos no estaban muy lejos de volver realidad esa gracia. Incluso, gracias a ella, se ganó el apodo de “buzo”.

En Olimpia, jugando al Básquet. El quinto parado.
Durante una gira europea que Uruguay realizó, en condición de medallista de oro en Paris, sí le habían podido conseguir los botines necesarios para que fuera atacante, y por ese motivo dejó en el arco a su habitual suplente, Vicente Clavijo, para pasar a formar parte de la delantera. En ella, llegó a convertir algunas anotaciones.

Por este mismo motivo, hasta el día de hoy se considera a Mazzalli como el más grande portero uruguayo de la historia, y uno de los exponentes de este puesto que lograron revolucionar el mismo, como Amadeo Carrizo, Ricardo Zamora o José Luis Chilavert. En Latinoamérica también era adorado, especialmente a partir de las conquistas de las Copa América de 1923, 1924 y 1926 con su país.

Durante este tiempo, además, se había hecho una gran fama de “sex symbol” y conquistador de mujeres, sobre todo famosas de su país, y aprovechaba cada oportunidad que tenía para salir por las noches, acompañado por ejemplo de otro talentoso, Héctor Castro, aunque nunca cometía faltas profesionales.

En la previa del Mundial en el que Uruguay sería local, en 1930, sus futbolistas pasaban bastante tiempo concentrados, lo que era motivo de disgusto para muchos de ellos, y cualquier cosa que pasaba solía romper la monotonía del lugar. Cuenta la historia que en uno de sus días anteriores a la competencia, una bella rubia ingresó al complejo de la Federación Uruguaya, no se sabe con qué pretexto.

Ya como entrenador
Tiempo después, el capitán y símbolo de aquel seleccionado uruguayo, recordaba: “el momento más triste para nosotros fue cuando separaron del plantel a Andrés Mazzalli. Había sido el arquero en París y Amsterdam, pero era muy mujeriego y una noche se escapó de la concentración para irse con una rubia. Lo expulsaron y no hubo defensa para él. Todos sentimos pena, pero la sanción impuesta fue irreductible y ni a mí me hicieron caso”.

Luego de ello, Mazzali no dejó de divertirse con el fútbol, ni de salir por las noches, aunque puso punto final a su carrera tres temporadas más tarde, totalizando cinco títulos locales en Nacional, con 267 partidos y 12 goles convertidos, todos sobre el final de su actividad, cuando el calzado ya no era un problema tan grave.

Posteriormente sería entrenador de varios equipos, aunque sin resultados demasiado interesantes, mientras que fallecería en 1975, algo más alejado del fútbol, pero dejando un recuerdo imborrable entre muchos, que hoy nos han permitido contar esta historia.

2 comentarios:

  1. Esta historia rompe el mito de que los arqueros son todos burros con el pie.
    Saludos

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  2. si, de hecho, los que han tenido habilidad en ellos son los que revolucionaron el puesto, saludos

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